lunes, 21 de marzo de 2022

El Lienzo de Tlaxcala donde aparece Colotlán

 El Lienzo de Tlaxcala es el códice que plasma la historia del último periodo de los mexicas, uno de los documentos más fidedignos de la Conquista donde aparece una representación de la conquista colotlense.


Descripción: Llegada de Antonio de Mendoza y un ejército de tlaxcaltecas para consumar la conquista del señorío de Colotlán.

Fuente: Versión digitalizada del Lienzo de Tlaxcala (Códice prehispánico de México) de 1773.

Autor Manuel de Ylláñez


El Lienzo de Tlaxcala es la constancia de la alianza táctica entre los españoles y tlaxcaltecas durante la Conquista. Se realizó a mediados del siglo XVI a solicitud del cabildo de Tlaxcala.

Las versiones oficiales destacan que se hicieron tres copias: una para el cabildo, otra que se enviaría al rey Carlos I en España y la tercera para el virrey de la Ciudad de México.

Todas se perdieron, pero se preservó una reproducción del lienzo hecha por Manuel de Ylláñez en 1773 y que resguarda la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia.

A diferencia de los registros de Hernán Cortés en los que solo se plasmaba su versión, y a él como protagonista, este lienzo cuenta los sucesos de quienes participaron y fueron testigos de esta época de la historia de México.

¿Qué representa el Lienzo de Tlaxcala?

En el lienzo se ven escenas del acuerdo entre tlaxcaltecas y españoles con ayuda de la Malinche. El Lienzo representa en diversos códices e imágenes la participación conjunta de españoles y tlaxcaltecas, para la caída del imperio mexica que resultó en la Conquista.

Hay que recalcar que este acuerdo bélico tuvo lugar después de siglos de enfrentamientos entre los mexicas y habitantes tanto de Tlaxcala como de otros pueblos, quienes más de una vez fueron víctimas de sus prácticas de invasión y sacrificios.

El lienzo retrata cuatro cabeceras con los palacios e insignias de los tlaxcaltecas, mientras que en el centro se representa un cerro que resguarda una iglesia con una Virgen María en la fachada. En esta imagen destaca el escudo de la Casa de Habsburgo, y las figuras de gobernantes españoles que siguieron a Hernán Cortés.

Además de 80 escenas que grafican los conquistadores, en ellas aparecen La Malinche, el pacto con Tlaxcala, la matanza del Templo Mayor, hasta la caída de Cuauhtémoc y en la gráfica 70 la conquista de Colotlán por Antonio de Mendoza a mediados del siglo XVI, donde se representa la derrota de los grupos indígenes locales por parte de los españoles con ayuda de los tlaxcaltecas. Es el único documento en el que se combinan tanto elementos prehispánicos como españoles.



Aquí se encuentra el documento completo de esta investigación del Lienzo de Tlaxcala:

sábado, 12 de marzo de 2022

¿Manuel Martínez Valadez, le suena?

 



Nació en Arandas, Jalisco, el 10 de noviembre de 1881. Fueron sus padres la señora Matilde Valadez y el abogado Francisco Martínez Barba.

Sus primeros estudios los hizo en su pueblo natal, a cargo de su culto padre. Pero debido a su naturaleza rebelde, le era casi imposible someterse a la disciplina escolar. Por un tiempo estuvo en el Seminario de Guadalajara, pero luego regresó a su casa, ahí su padre le enseñó lenguaje y literatura castellana, filosofía escolástica y otras disciplinas.

En 1908 se trasladó a Guadalajara para matricularse en el Liceo de Varones del Estado de Jalisco, donde participó en los grupos estudiantiles y muy particularmente en el Centro Bohemio. En 1913 ingresó a la Escuela Libre de Derecho, pero al año siguiente suspendió sus estudios para ir a participar en la defensa del Puerto de Veracruz, invadido por Estados Unidos.

En el semanario El Oriente publicó algunos poemas, luego colaboró en las publicaciones Etcétera, Blusa Roja y El Occidente. Sus artículos los firmaba con el seudónimo de Chencho Pitarrillas en recuerdo de un popular personaje de su pueblo natal.

En 1914, 1917 y 1928 montó varias exposiciones de su obra pictórica y algunas de sus obras aún existen en el Museo del Estado de Jalisco.

En 1921 fue electo diputado al Congreso del Estado de Jalisco por el distrito de Arandas. También fue profesor de la Escuela Preparatoria de Jalisco y de la Escuela Normal de Jalisco, militante de la Unión de Educadores Jaliscienses y colaborador en la serie de libros “Acción”.

Del 23 de marzo de 1922 a noviembre de 1923 fue jefe del Departamento de Educación Preparatoria y Profesional del Gobierno del Estado de Jalisco.

De 1927 a 1933 fue director de Educación Primaria y Especial del Estado de Jalisco, donde prestó gran apoyo a los profesores jóvenes.

Sus obras publicadas fueron: Visiones de provincia (1918); Los nuevos poetas jaliscienses (1922); Alma solariega (1923); Visiones de provincia y alma solariega (1923); En un cielo sin mancha. Como el mundo cristiano celebra la pasión (1923); ¿Existe una literatura mexicana moderna? (1925). Y se editaron en forma póstuma: Del villorrio quieto. Antología Poética (1943); María de los ojos negros. Ahora tenemos un espectáculo (1945) y sus Obras completas, que editó la Universidad de Guadalajara en 1975.

Fue electo diputado al Congreso de la Unión para el periodo 1934-1937. Pero no pudo concluir sus labores legislativas al perpetrarse una trifulca en el recinto de la Cámara de Diputados de la capital del país el 11 de septiembre de 1935, hecho en el que una bala perdida lo alcanzó, hiriéndolo mortalmente.

Una calle de su ciudad natal lleva su nombre y la escuela de niñas de Colotlán de 1939 también lo llevó.

El interregno universitario, 1861 - 1925


domingo, 6 de marzo de 2022

Basilio Terán, gran benefactor de Colotlán

Por: José Alonso Serrano Campos
Basilio Terán Martínez

Pocos sacerdotes se han involucrado tanto en la vida social de nuestro pueblo y al mismo tiempo hayan sido retribuidos con el cariño y reconocimiento de su feligresía, como lo fue Basilio Terán Martínez, un hombre cuyo nombre lleva la calle céntrica del pueblo que conduce al templo de San Nicolás. 
 

Fue un presbítero que enfocó sus recursos personales y materiales a la construcción de edificios que albergaron servicios religiosos, educativos y de Salud. Sin embargo, con el paso de los años, sus obras y legado se han ido evaporando en el olvido. En mi deseo de recuperar su valioso trabajo, rendido por aproximadamente 42 años, aquí se evoca en algo a su memoria.
José Basilio Terán Martínez nació en la capital de Aguascalientes el 14 de abril de 1823 en el seno de una familia humilde y trabajadora, hijo legítimo de Don Julian Terán Ortega y la señora María Josefa Martínez Sotomayor y Salado, dice su fe de bautizo que de origen español, recibió el agua bendita el día 20 de abril de 1823, a tan solo seis días después de nacido, en la Parroquia del pueblo de San Marcos, ciudad de Aguascalientes.
En breve su servicio a la iglesia se vio reflejado en su intención por ingresar al Seminario de Guadalajara a finales de los años 30, una vez ordenado comenzó con sus tareas en algunos lugares no determinados por la historia y cabe destacar que provenía de la Diócesis de Guadalajara, no como actualmente sucede que llegan los sacerdotes desde la capital zacatecana pues a partir de 1864 fue que se erigió la Diócesis de Zacatecas y el padre Terán incorporó a Colotlán a la nueva Diócesis.
Su mayor encomienda comenzó a los 25 años de vida, el día 5 de noviembre de 1848 bautizó con licencia del Párroco a la primera niña de su comisión en la Parroquia de San Luis Obispo, llegó designado para apoyar en las tareas de la Iglesia de Colotlán como vicario, hasta ese entonces encabezada por el notable cura Don Fernando Sánchez y posteriormente por Don Andrés López de Nava.
Mientras que la actividad del padre Terán se apreciaba modesta y bien ejecutada en la logística, administración y dirección de las obras encomendadas, la mano del señor cura Andrés López de Nava, se hizo evidente en la recolección de limosnas, donaciones y sobre todo en la oportuna venta de todas aquellas propiedades pertenecientes al antiguo convento franciscano y de las cofradías que habían sido disueltas hacia 1848 y que seguían en posesión de la iglesia, con el fin de poder terminar el templo principal.
A mediados de 1850 fue el tiempo que marcó un parteaguas en su difícil encomienda, apareció el terrible Cólera Morbus que ya había azotado al pueblo años atrás, aunque esta vez con menor intensidad fue motivo de la pérdida de su señor padre, entre muchas más personas del pueblo. Se dedicó a atender a los enfermos, a darles auxilio espiritual sin temor de contraer él mismo la enfermedad, logró superar el sufrimiento de decenas de familias siendo testigo de cómo niños, mujeres y hombres perdían la batalla contra los bruscos síntomas de diarrea acuosa, náuseas, vómito y deshidratación que provocaba la enfermedad bacteriana, agravada porque la población carecía en aquel entonces de atención médica y tratamientos apropiados.
Primera firma de Terán en 1848, libro de bautismos.
El padre Terán era un hombre joven, lleno de dinamismo y empuje, con carácter bondadoso y sobre todo determinante; desde su arribo a Colotlán sirvió como vicario de la iglesia hasta el 7 de marzo de 1859, cuando formalmente tomó el cargo y quedó al frente de la Parroquia, con una iglesia del santo patrono San Luis Obispo a medio construir, se la habían comenzado hacía unos ochenta años atrás y era fecha que todavía no se podía terminar, hoy vemos aún la torre del campanario sin concluir.
Durante el movimiento liberal de la Reforma quedó evidenciado su carisma y calidad humana, el día 1 de agosto de 1861 las tropas de Manuel Lozada (en documentos de la historia del pueblo se mencionan como "las chusmas Lozadeñas) al mando de D. Carlos Rivas, derrotaron a los locales en el rancho del Salitre, todas las familias hulleron a los cerros en medio de una lluvia que solo por momentos calmaba; robaron tiendas, tiraron a la calle el azúcar, dulce, sal y todos los abarrotes dejando las tiendas limpias, luego las casas; quemaron los archivos, estaban las calles entapisadas de papeles y se llevaron mucho ganado y bestias caballares, no contentos con esto querían incendiar al pueblo y por súplicas del padre Terán no lo hicieron.
En su casa, el padre Terán plantó muchas moreras para promover el cultivo del gusano de seda. El dinámico padre Terán comenzó a hacer mejoras materiales en el pueblo y a acelerar la construcción del templo, el cual estuvo concluido en 1862, faltaba la parte alta del campanario, le tocó la encomienda al padre Francisco Javier Reveles, quien la concluyó en el año de 1905, con una gran escalinata y el espacio para el reloj monumental francés que adorna la iglesia y los espacios para el campanario.
Firmó los libros de nacimientos, matrimonios y defunciones desde 1851 hasta 1890 como Párroco.

Organizó concurridas procesiones llevando a cuestas a Jesús Crucificado, a San Nicolás Tolentino y a la santísima Virgen de los Dolores. El 8 de septiembre de 1862 a las diez del día, se bendijo la Parroquia por el Sr. Pbro. D. Basilio Terán, quien concluyó a cuenta de muchos sacrificios los cimientos de este templo iniciado por el año de 1601, con el diseño del Arquitecto D. J. Ma. Martínez.


El Padre Terán edificó un espacio de suma importancia para la época, se trata de una casona amplia a un costado de la Iglesia de San Luis Obispo, sobre la calle Hidalgo, cuya finalidad era formar el seminario religioso, llegó a ser el Colegio Terán, la Academia Juana de Arco a principios del siglo XX, y la Escuela Superior para Niñas "Manuel Martínez Valadez" en 1939, al tiempo también sirvió como salón de eventos. Dedicado a impartir conocimientos, sirvió de recinto cuando llegó la Escuela Normal Experimental, después la Preparatoria Regional y actualmente alberga la “Casa Hidalgo” del CUNorte (U. de G.)
“Academia Juana de Arco” alumnos de 1948 en el mismo espacio que hoy es Casa Hidalgo.


Quizá por ese sentimiento de pandemia por el cólera que le hizo perder a parte de su familia, fue que se involucró y crucialmente intervino en la construccción del Hospital "Colotlán", edificio que actualmente alberga al Colegio "Jalisco", de gran extención en la esquina de las calles Juarez y Centenario. Fue pieza fundamental para lo que sería posteriormente, cede de uno de los cuarteles en que estaba dividido el pueblo.

En 1908, el Santo Mártir Señor Cura de Colotlán, Diócesis de Zacatecas, Don Mateo Correa, suplicó al Señor Don Eugenio Oláez sucesor del Padre Don Pablo de Anda Padilla, Fundador de la Congregación de Hijas Mínimas de María Inmaculada, que le facilitara Hermanas para fundar en su parroquia un hospital y un colegio. Accedió el P. Oláez a su petición, y le envió el personal que pedía, así llegaron las Hijas Mínimas de María Inmaculada a Colotlán.
La fundación del colegio y el hospital fue de grata memoria: el pueblo salió a recibirlas a orillas de la ciudad, acompañándolas a sus respectivas residencias. Les mostraban gran reverencia y cariño y les hacían  mil festejos y no querían apartarse de su lado. Como la mayoría de los habitantes eran piadosos, las Hermanas tuvieron amplio campo en donde trabajar para la gloria de Dios y bien de las personas. El edificio destinado para el colegio, en un principio, estaba en el atrio del templo de San Nicolás, así como también la casa habitación de las hermanas.
La historia coloca al padre Basilio Terán como el siguiente líder moral de la comunidad, sucediendo a Marcos Escobedo, quien fungió su liderazgo en Colotlán desde finales del siglo XVIII hasta su muerte en 1833, llegando Terán en 1849 como promotor religioso y cultural de los colotlenses por más de 40 años.
Al poco tiempo de su partida y hasta nuestros días, en su honor fue nombrada la calle que conecta los dos templos del centro de la población, vía que corre de la calle Nicolás Bravo a Hidalgo, la calle paralela a estas es Marcos Escobedo, cuya desembocadura es justo en esa vía.
En 1897 se creó e inauguró el Parque "Terán", un espacio lleno de vegetación y grandes árboles, fueron colocados 500 álamos a la orilla del río, por muchos años fue el lugar de esparcimiento de las familias colotlenses, que iban y venían desde la calle Iturbide hasta salir Independencia, un "Paseo" muy agradable, puesto entre comillas porque es así como se llama actualmente esa calle, luego existió el Parque  Infantil a finales de 1964, para luego dar lugar al Parque "El Papalote" a finales del siglo XX y hasta la fecha.


El Señor Cura Don Basilio Terán, a los 65 años de edad falleció, el día domingo 30 de noviembre de 1890, a la una y media de la tarde, en su querido Colotlán; las causas de su muerte quedaron determinadas en su acta de defunción como Peritonitis, que desencadenó en su deceso. Su cuerpo se sepultó en el Cementerio de San Nicolás, desafortunadamente en la actualidad no se conoce el sitio exacto, pues pudo haber sido al interior del templo o quizá en el atrio junto a las tumbas que aún se preservan frente a la iglesia.

Familia Terán

Foto donde aparece el presbítero Basilio Terán Martínez - Cortesía de la familia Vega.
En Colotlán, el padre Basilio Terán Martínez obviamente por su célibe labor sacerdotal no tuvo decendencia, sin embargo, trajo consigo a sus padres y algunos hermanos que radicaron en el municipio, hubo registro de ellos en la cabecera y las comunidades de Dolores, Zapote y Casallanta.

Su señor padre, Don Julián Terán Ortega, murió en el marco de una fuerte epidemia de Cólera que azotó a la población de Colotlán en el año de 1850, dejó de existir el día 4 de Julio, a los 77 años de edad, su cuerpo fue depositado en el Campo Santo de Colotlán. Dice su acta que dejó viuda a su esposa María Josefa Martínez Sotomayor y Salado, queda pendiente localizar el acta de defunción de ella.

De los hermanos del sacerdote, se conoce a Encarnación, nació en 1805 aproximadamente, María León que nació en 1810 y murió en 1840 en la capital de Aguascalientes; Norberta de la Trinidad nacida en 1812, Ma. Guadalupe nació en 1813; Andrea nació en Aguascalientes en el año 1822 y fue sepultada el 13 de junio de 1852 en el Campo Santo parroquial de Colotlán a los 30 años de edad, soltera, murió de fiebre; otros hermanos que se tiene conocimiento fueron Canuto, Petra y Gorgonio.

Encarnación Terán se casó en Aguascalientes con José Antonio Guerrero el 4 de marzo de 1841.

Petra Rafaela Terán nació el 25 de octubre de 1818 en Aguascalientes, se unió en matrimonio con Don Pedro de la Rosa el 1 de agosto de 1836 en la iglesia de la Asunción de María en Aguascalientes y murió a los 82 años de edad en Colotlán, dejando viudo a Don Pedro el día 20 de noviembre de 1900. Su cuerpo fue depositado en el panteón Guadalupe del municipio de Colotlán, se desconoce si tuvo hijos.

Gorgonio Terán (también hermano de Basilio) nació en Aguascalientes en 1829, se casó en Colotlán el 13 de junio de 1871 con Paula Medina Mayorga y vivieron en el rancho del Zapote, tuvieron un hijo de nombre Ernesto Jacobo Terán Medina. Paula murió el 31 de enero de 1879. Gorgonio se volvió a casar en 1887 con Refugio Torres y tuvieron a un hijo llamado Cesáreo Terán Torres.

El primer hijo, Ernesto Jacob nació el 4 de agosto de 1874, en el año 1901 se casó con Luciana Salazar Valdez, tuvieron varios hijos: José Jesús, María del Consuelo, Nicolás, María y Basilio Terán Salazar, este último nació en 1906, misma fecha de defunción de su padre Ernesto Jacob a los 32 años de edad, todos vecinos de la cabecera de Colotlán.

El medio hermano de Jacob, Cesáreo nació a finales del año de 1887, se casó con María Maximina Carrillo Durán y tuvo mucha familia de apellidos Terán Carrillo: se recuerdan a María Saturnina (murió de 77 años el 18 de abril de 1967), Juan Francisco (nació en 1900 y murió el 3 de abril de 1967 en Casallanta por congestión alcohólica), Juana (casada con Jesús María Gaeta Carrillo) y Gorgonia (Casada con Candelario Vega Ruvalcaba). Cesáreo murió el día 13 de marzo de 1916 en la comunidad de Dolores, municipio de Colotlán, fue sepultado en el panteón del mismo rancho.

La hija menor de Cesárea, Gorgonia, tuvo varios hijos de apellido Vega Terán: Rufino en 1907 (falleció en 1979), Refugio en 1918, Juana en 1922 y  María Flora en 1924, hicieron vida por el rumbo de Dolores, Tulimic, Zapote y Casallanta.

Rufino Vega Terán - Gorgonia Terán Carrillo - María Flora Vega Terán

De ahí muchos descendientes y en especial las nuevas generaciones que ahora son nietos y bisnietos de los hijos de Gorgonia han perdido el apellido de los Terán, todavía radican muchos de ellos en Colotlán y siguen siendo consanguíneos del presbítero Basilio y su familia.

Agradezco enormemente a ellos que compartan sus fotografías para esta reseña: Claudia Vega Regis, hermanos y su señor padre.


sábado, 5 de marzo de 2022

Las tumbas del atrio de San Nicolás Tolentino en Colotlán, Jalisco

Colotlán, Jal. José Alonso Serrano.- Desde niño, el atrio de San Nicolás Tolentino fue el punto de reunión y de juego, lugar donde muchos vecinos nos dábamos cita para divertirnos, orar, ver las danzas, participar en una procesión, alistarnos para entrar a misa, todo entre algunos pequeños jardines, bancas de cemento, pinos, palmeras y dos emblemáticas tumbas que llamaban mi atención; se trata del templo más venerado por los colotlenses, incluso más que el Santo Patrono San Luis Obispo; a un costado, en sus salones, ha sido escuela, centro de catecismo y realizado infinidad de reuniones.

En aquel entonces surgió la curiosidad de saber porqué estaban esas interesantes edificaciones, eran el reto para trepar de los pequeños niños pero ¿porqué existían? al tiempo supe que años atrás la gente importante al morir, tenía el privilegio de ser enterrada afuera de los templos, luego me surgió la duda de quienes estaban ahí depositados, aunque siempre tuve curiosidad, no me había decidido a buscar información, hoy grátamente comparto los posibles seres que descanzan sus restos justo ahí y que despejan esas dudas.

Se trata de una mujer y de uno o posiblemente varios cuerpos de la familia Suarez del Real, en ambos casos encontré el apellido, a continuación trataré de explicarles.

Don José Fulgencio Ygnacio Sánchez Castellanos y Suarez del Real, hombre poco conocido, pero por su legado tuvo que ser de alta jerarquía social, nació en el año de 1806 en Monte Escobedo, Zacatecas, fue hijo de Don José Julián Sánchez Castellanos y Herrera Robles, y de su esposa Doña Gregoria Rafaela Suárez del Real y Valenzuela Miramontes (tanto él como sus padres aparecen registrados con ambos apellidos de sus familias). 

Don José Fulgencio Ygnacio, mejor conocido como Ignacio (registrado con Y) Sánchez Castellanos, a la edad de 45 años, contrajo matrimonio, el 7 de febrero de 1852 se casó con Mónica Escovedo Márquez (escrito su apellido paterno con V) de escasos 17 años de edad, ella nació en 1836 aproximadamente, fue hija de Ignacio Escovedo y Francisca Márquez, quienes conformaron una familia de cuatro integrante junto con su hermana Alejandra, radicados también en Monte Escobedo.

Del matrimonio entre Ignacio y Mónica se tiene registro que se trasladaron a Colotlán y tuvieron un hijo de nombre Adolfo Sánchez Escovedo, él nació en Colotlán por el año de 1867 e hizo vida años después en Zacatecas con su esposa Luisa Mayorga Ulloa, ambos se casaron el 2 de abril de 1892 en Colotlán, tuvieron cuatro hijos. Adolfo falleció el 21 de marzo de 1928 en la capital zacatecana.

Mención especial corresponde a la joven esposa de Ignacio y cuya madre fue de Adolfo, la señora Mónica Escovedo Márquez de tan solo 35 años de edad, sus restos son precisamente los que descansan en la tumba ubicada del lado izquierdo del atrio de San Nicolás Tolentino, si tomamos como referencia ver de frente al templo. El entierro de su cuerpo se llevó a cabo el 10 de septiembre de 1871, tuvo que haber sido un sepelio suntuoso dado que ese mismo día es la fecha en que se conmemora al Santo patrono del templo.

Al poco tiempo después, por disposición de su esposo, se construyó lo que hoy son pedazos de esa tumba, elevada y elegante arquitectura de cantera, cuya parte superior dejó de existir hace ya varios años, en antiguas fotografías del atrio se puede apreciar la parte superior, también hasta hace pocos años era posible ver en la parte frontal su placa y el nombre de doña Mónica, hoy solo es visible el nombre de su esposo dado al deterioro probocado por el tiempo y la interacción de personas que utilizan la placa de escalón para trepar por la tumba.


En el libro de entierros de la iglesia de San Luis de Colotlán del mes de agosto de 1871, en su página 162, precisamente en la última hoja de ese tomo donde aborda también decesos de septiembre, se lee: “Da Mónica Escovedo de Colotlán… En el cementerio de S. Nicolás, a diez de septiembre de mil ochocientos setenta y uno, se sepultó el cadáver de Da. Mónica Escovedo, de treinta y cinco años de edad, hija legítima de D. Ignacio Escovedo y Da. Francisca Márquez; fue originaria de Monte Escobedo y murió de inflamación de vientre el día nueve del corriente en Colotlán; recibió todos los auxilios espirituales y dejó viudo en primeras nupcias a D. Ygnacio Sánchez. Doy fe. Francisco Dávila.”


Cabe resaltar que todas las demás actas en el libro, comienzan con la leyenda “En el Campo Santo de Colotlán…”, solamente la de doña Mónica comienza diciendo “En el cementerio de S. Nicolás…” justamente como dice el acta del presbítero Basilio Terán, cuyos restos también fueron depositados en el cementerio de San Nicolás, aunque hoy se desconoce su ubicación exacta.

Don Ignacio Sánchez Castellanos murió en 1883 y sus restos fueron depositados en el Panteón Municipal, dejando el recuerdo de la tumba de su esposa en el atrio de San Nicolas para la posteridad.

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En el otro costado, cuento la historia de Don Basilio Suarez del Real de Santiago, era un hombre nacido en 1862 en la ciudad de Jerez, Zacatecas; a los 40 años de edad contrajo matrimonio con su primera esposa Francisca Valdez de Ávila de 25 años, el 1 de febrero de 1902 en la casa número 12, cuartel tercero, de la calle Hidalgo de Colotlán, Jalisco; el Juez encargado del Registro Civil, Pascual B. Granillo, llevó a cabo las nupcias.

Se sabe que tuvieron varios hijos, uno de ellos fue Basilio del Real Valdez, nació el 17 de noviembre de 1902, este se casó el 20 de febrero de 1920 con Amalia Salazar Ruíz de 18 años, tuvieron varios hijos: José de Jesús, Rafael, Francisca, Elena, Juan, María Guadalupe y Rosario Suárez del Real Salazar, todos ellos aparecen en un censo de 1930 en Chicago, Illinois estando lejos de su pueblo natal, Colotlán. Ella murió el 20 de febrero de 1961 en la ciudad de México, su hija Rosario murió en Colotlán el 11 de mayo de 1940, vivían en la casa con el número 68 de la calle Hidalgo, una vivienda cercana al arroyo Cuitatero, el oficio de Basilio según esas actas era el de curtidor.

Basilio y Francisca también tuvieron una hija el 3 de abril de 1904 llamada Benita, a principios de 1905 a su hermana María Trinidad Del Real Valdez, ella fue esposa del señor Salvador de Robles García, originario de Huejuquilla el Alto, Jalisco.

Enseguida, el 15 de diciembre de 1905 tuvieron a su hija María Cristina S. del Real Valdez, ella murió el 25 de mayo de 1906 a los 5 meses de nacida, su señora madre y esposa de Basilio, doña Francisca Valdez, también había fallecido, a los pocos días de dar a luz, el 21 de diciembre de 1905, en sus actas se menciona que fueron sepultadas en el panteón de Guadalupe.

Basilio S. del Real (así aparece en varias actas con su apellido abreviado) tuvo más familia con su segunda esposa María Lozano, se recuerda a sus hijas Rosa María y Elvira Suarez Lozano, esta última falleció en la ciudad de México el 4 de febrero de 1963.

El acta de defunción de Don Basilio padre, dice que murió a los 82 años de edad el 27 de julio de 1938, fue sepultado en el panteón municipal pero se sabe por el registro de muchos de sus hijos que utilizaba la abreviatura “S. del Real”, tal como aparece en la tumba que se ubica en el atrio del lado derecho viendo de frente al templo de San Nicolás Tolentino, es la única rúbrica con registro en todos los libros de la época que abocan a su familia y que data de los primeros años del siglo XX.

Su hijo Basilio Suarez del Real Jr. vivía en la ciudad de México, dejó este mundo a los 87 años de edad, el 27 de marzo de 1990 y su cuerpo fue cremado en el panteón Frances Sn Joaquín, lo más probable es que en la tumba del atrio de San Nicolás se encuentre alguno de sus hermanos, hijos de Don Basilio Suarez del Real de Santiago.

Por la distribución de los espacios en la parte inferior de la tumba, se podría tratar de un mausoleo familiar, donde hayan sido depositados varios familiares S. del Real, sin embargo, solamente se aprecian los espacios para las placas vacíos, de lo que sí es posible determinar, es de que este sepulcro perteneció a la famlia Suarez del Real.

Esta es la esquina de la calle Hidalgo con el arroyo Cuitatero donde una rama de la familia S. del Real tuvo su tenería.


Fotos familiares


Arriba de izquierda a derecha: Asunción Campos Solís, Guadalupe Hernández Campos (esposa de Otoniel Núñez), María del Refugio (Cuca) Hernández Campos, la novia es Eliza de la Torre Mendoza, el esposo Pascual Hernández Campos (hermano de Cuca) (papás del primo Abelino Hernández), luego José de Jesús Hernández (el Guero) (papá de Nena, Rosita, Ricardo, Eber y todos ellos), luego aparece el tío Valeriano Campos Gálvez, al último su primo Don José de Jesús Campos Solís. Abajo de pie: Magdalena (Nena) Hernández Lares y sentadita nuestra querida tía Consuelo Campos Gálvez.


Las hermanas Campos Gálvez

En una navidad a finales de la década de 1980 las siete hermanas coincidieron en esa navidad y se dejaron fotografiar... de izquierda a derecha: Consuelo, Clementina, Leticia, Alicia, Alejandra, Conchis y Lupita.


Los hermanos Campos Gálvez y sus apodos (con todo cariño)

Canuta - Valeriano
Ponchado - Filiberto
Pichón - Ignacio
Troca - Juan
Cotorra - Sergio
Camote - Ángel
Pelón  - Odilon
Angel  - Juan - Filiberto

viernes, 4 de febrero de 2022

San Luis de Colotlán en la colonia

A los historiadores y antropólogos nos gustan las paradojas, las vueltas y las ironías de la vida humana. Las buscamos con convicción y, cuando las encontramos, solemos cultivarlas con deleite, presentándolas como el plato fuerte de nuestro banquete histórico. En esta ocasión, en la celebración del cuarto centenario de la fundación oficial de San Luis de Colotlán, Clío nos ha complacido con una paradoja singularmente interesante y relevante. Me refiero al hecho de que hoy vivimos una época de perestroika, glasnot, solidaridad y modernización, palabras y lemas que hablan de una supuesta nueva relación entre el gobierno y el pueblo, específicamente de un adelgazamiento del aparato burocrático gubernamental y de una disminución de la injerencia del poder central en los asuntos políticos y económicos de la gente.

Si fuéramos a subir a una cápsula de tiempo y viajar hacia el pasado para presenciar los eventos que hoy conmemoramos, divisaríamos que, en la época de la fundación de San Luis de Colotlán, las brisas políticas soplaban justamente al revés. Es decir, la Corona española se encontraba en un momento histórico ascendente en cuanto a su voluntad y a su capacidad de dominar y vigilar la vida política de sus distintas provincias en ultramar.

De hecho, en ningún lugar es más evidente este proceso que en el del Gobierno de las Fronteras de San Luis de Colotlán. Establecido a fines de los 1580, por orden del virrey Luis de Velasco II, casi al terminar la famosa Guerra Chichimeca, que tanto había estorbado a los españoles en la frontera norteña de Nueva España. el Gobierno de Colotlán poseía dos funciones principales: una de índole militar, otra administrativa. Militarmente el Gobierno de Colotlán estaba encargado de la responsabilidad de proteger los asentamientos españoles y los "caminos de plata" contra las amenazas e incursiones de los "indios bárbaros" que aún se mantenían impunes al control español. La segunda razón de ser del Gobierno de Colotlán era la administración y el gobierno de los indios sedentarios de la región que ya habían sido sometidos, pro que todavía no estaban cristianizados ni hispanizados. Para cumplir estos propósitos se concedió a las autoridades de Colotlán, quienes fueron nombradas directamente por el Virrey, un conjunto de poderes civiles y militares de gran alcance, rara vez otorgados en la Colonia. En fin, el Gobierno de Colotlán implantó en tierras fronterizas un aparato político-militar que administraba y vigilaba directamente los intereses del gobierno central y que no toleraba la injerencia de las autoridades civiles locales. Institucionalmente, pues, el Gobierno de Colotlán era el producto de una política fronteriza avanzada, creada por un gobierno central en plena expansión. A continuación, me gustaría explorar algunas características de este aparato administrativo, así como describir brevemente la transformación de la región de Colotlán, de un área netamente indígena a una mayoritariamente mestiza y criolla, en su cultura e identidad.

Después de la conquista militar de las sociedades agrícolas del centro y oeste de México en1530, los conquistadores españoles, ayudados por sus aliados indígenas tlaxcaltecas y purépechas en su mayoría se dirigieron hacia el norte para explorar las tierras áridas que se localizaban más allá del río Lerma-Santiago. Conocido como la Gran Chichimeca, este vasto territorio de llanos desérticos estaba habitado por grupos no agrícolas que vivían de la recolección y la cacería de las abundantes plantas y animales silvestres de la región. Obstinadamente independientes, maestros en el arte de la guerrilla, y capaces de sobrevivir en terrenos considerados inhabitables por los pueblos del sur, los chichimecas resistieron tercamente la invasión euro-indígena por más de cuatro décadas (1550-1590). Ciertamente, los chichimecas fueron vencidos y eventualmente exterminados, pero esto les costó mucho a los perpetradores y sólo lo lograron después de que cl gobierno central asumiera la responsabilidad directa de financiar y planear las estrategias de la guerra fronteriza.

Una de las piezas centrales en la política gubernamental era el establecimiento de una presencia militar permanente a lo largo de la frontera chichimeca y, entre 1570 y 1600, los virreyes de Nueva España comisionaron más de cincuenta presidios y comandancias militares entre Guanajuato y Coahuila. El Gobierno de San Luis de Colotlán resulta de interés especial no sólo por haber sido uno de las últimos en fundarse, sino también por ser uno de los más insólitos.

En primer lugar, estaba situado dentro de un área ocupada, en tiempos prehispánicos, por pueblos agrícolas, y era uno de los pocos comandos del norte cuya defensa dependía principalmente de una población indígena local. Con una o dos excepciones, todos los otros presidios se construyeron en localidades áridas. habitadas por pequeñas bandas de los mismos chichimecas; y tanto la defensa como el abastecimiento de estos pueblos estaban a cargo de los soldados-colonos españoles asentados en el presidio, así como de los indios aliados traídos de Tlaxcala y Michoacán. 

En contraste, el presidio y la misión franciscana de Colotlán se localizaron en la parte central de un largo y angosto valle de clima semiárido que recibe lluvias suficientes como para sostener una agricultura de temporal, cuando menos en sus partes central y sur. Especialmente productivas son las tierras de aluvión, depositadas por los ríos Tlaltenango y Jerez-Colotlán. Como es de suponer, estas tierras fueron las que más atrajeron a los españoles y, aun antes de la fundación del Gobierno de Colotlán, ya se habían transformado porciones del extremo norte y sur del valle (donde se fincaron, respectivamente, las villas de Jerez y Tlaltenango) en pequeños pero importantes centros maiceros, suministradores de la ciudad y de las minas de Zacatecas.

Pese a su unidad topográfica, el valle que corre entre Teúl y Jerez no posee una ecología uniforme y en tiempos precortesianos abrigaba poblaciones indígenas de distintas etnias y organizaciones socioeconómicas. En el área de Jerez, al extremo norte del valle, vivían grupos de zacatecos, gente semisedentaria y semiagrícola, cuya dieta se formó de una combinación de productos silvestres y cultivados. Como chichimecas "ligeramente civilizados”, estos zacatecos representaron un grupo de transición que ligaba a las sociedades más sedentarias y complejas del sur del valle (los cazcanes) con los nómadas del desierto. La economía mixta de los zacatecos se relacionaba estrechamente con el régimen pluvial. Hoy día esta área recibe, en promedio, entre 320 y 500 mm de lluvia anualmente, una cantidad insuficiente para mantener una agricultura de temporal. Se supone que los zacatecos producían poco excedente económico y que carecían totalmente de clases sociales. Según las Relaciones Geográficas del siglo XVI los zacatecos del rededor de Jerez vivían en cuatro "pueblos" en el momento del contacto con los europeos; ninguno sobrevivió los primeros cincuenta años de dominación extranjera.

En la parte central del valle en lo que vino a ser el núcleo de la jurisdicción de Colotlán la precipitación aumentó. Aunque de ninguna manera copiosa, la lluvia en esta zona llega a niveles adecuados para sostener la agricultura temporalera, unos 600 a 700 mm anuales. A principios del siglo XVI el área fue ocupada por grupos de tepehuanos y tepecanos. Vivían en rancherías dispersas y debían su subsistencia principalmente a las actividades agrícolas. En contraste con los zacatecos, los tepecanos parecen haber poseído una cultura más "civilizada", pero aún con rasgos usualmente considerados como chichimecas, como son el arco y la flecha.

Igual que el norte del valle, la parte central sufrió un profundo cambio en la composición étnica y en la densidad de la población en las primeras cinco décadas de contacto. De hecho, la destrucción de la sociedad aborigen llegó a tal punto que, en1580, el valle entre Jerez y Tlaltenango fue descrito como un despoblado, ocupado sólo por los restos de unos veinte asentamientos indígenas, todos abandonados.

Los factores que produjeron esa transformación fueron la guerra, las enfermedades, la esclavitud, y la huida y dispersión de los indígenas. Debido a que las tropas del infame Nuño de Guzmán no llegaron hasta esta parte del valle, el despoblamiento de la zona no puede atribuirse a la acción directa de esta primera entrada de 1530. Los que parecen haber sido más significativos fueron la rebelión del Mixtón en 1541-42 y la serie de epidemias que asolaron el área después de la derrota indígena. La primera de estas últimas sobrevino en 1545, produciendo la muerte de un sinnúmero de indios. Luego, en los sesenta, los tepecanos participaban en la rebelión de los guachichiles, la cual dejó otro saldo impresionante de muertos y refugiados. En fin, el resultado de este ciclo de guerra, represión y enfermedad fue el despoblamiento masivo del valle central. Como veremos, no fue sino hasta fines de la década de los ochenta que la zona volvió a habitarse.

En el extremo sur del valle, en la tierra de los cazcanes, la historia de desalojamiento y destrucción fue similar, y aún más grave de lo sucedido entre los zacatecos y tepecanos. A diferencia de estos últimos, sin embargo, los cazcanes tuvieron la mala suerte de estar justo en el camino de la primera penetración española del valle en 1530. Comandada por Pedro Alméndez Chirinos, un teniente del ejército de Nuño de Guzmán, esta expedición llegó a Teúl, una de las "capitales regionales cazcanas, pero encontró el sitio abandonado. Obviamente, los cazcanes, informados de las atrocidades perpetradas sobre sus similares de Juchipila, decidieron que era inútil enfrentarse con las fuerzas de Chirinos y, al enterarse de los movimientos de la columna invasora, huyeron hacia el oeste, a los cañones y mesetas de la Sierra Madre. Chirinos, con típico celo imperialista y religioso, incendió el pueblo después de un breve reconocimiento. Por los informes escritos por los conquistadores sabemos que Teúl poseía varias pirámides impresionantes, así como una arquitectura monumental; sin embargo, la población residente en el centro ceremonial no era muy grande. Parece, entonces, que Teúl era un asentamiento especializado, ocupado por un pequeño grupo de líderes sociorreligiosos quienes "servían" y estaban sostenidos por una población que vivía a su alrededor en pequeñas aldeas agrícolas.

De los tres grupos étnicos que habitaban el valle de Teúl-Jerez a principios del siglo XVI, los cazcanes, sin duda, poseían la densidad de población más alta, y la organización sociopolítica más compleja y diferenciada. Un factor que explica esto es el ecológico: los recursos en la parte sureña del valle tienden a ser más abundantes. Por ejemplo, la lluvia en la región del Teúl-Tlaltenango alcanza los 700-800 mm anuales en promedio, dos veces más de la que cae en Jerez. Además, existen en la parte sur numerosos arroyos y riachuelos que brotan de la Sierra Morones y que proporcionan una cantidad de agua superficial muy superior a la que se encuentra en el norte. Estos factores, junto con la presencia de tierras planas susceptibles al riego, dieron a la región de Teúl una potencialidad agrícola mucho más alta que la de las partes central y norte.

Pero si los cazcanes lograron niveles de población y de organización sociopolítica superiores a los de sus corresidentes en el valle, les sirvieron muy poco frente a las embestidas de los europeos. Como consecuencia de la Guerra del Mixtón y de la gran epidemia de 1542, la población indígena de toda la jurisdicción de Tlaltenango se estimaba en apenas 3,000, una cifra muy reducida respecto a la de los años anteriores. Para el año de 1650 la población nativa se calculaba en menos de 1,800 y ésta ya estaba bastante hispanizada. A fines de la Colonia, los cazcanes compartían la misma suerte de los zacatecos: habían dejado de funcionar como entes sociales distintivos.

Así es que la ocupación española del valle se inició al terminar la Guerra del Mixtón. El primer asentamiento fue el pueblo-presidio de Tlaltenango, establecido en 1542, a unos cuantos kilómetros al norte de Teúl. La colonización definitiva del norte del valle, en contraste, no empezó sino hasta un cuarto de siglo más tarde, cuando se fundó Jerez de la Frontera, en 1569. Debido a la inseguridad militar de la región, y a la ausencia de recursos atractivos, Jerez creció poco en las primeras décadas de su vida. Por el año de 1584 sólo contaba con 12 europeos residentes.

El repoblamiento de la parte central del valle, que fue dirigido desde Colotlán, tardó aún más, ya que no comenzó hasta la década de 1580. El primer paso de este proceso consistió en la concentración de los tepecanos -literalmente indios serranos- en un pueblo localizado cerca del futuro sitio de Colotlán. Alrededor de 1589 se construyó el presidio y, dos años más tarde, o sea justo hace 400 años, llegaron los famosos colonos tlaxcaltecas, cuya función era ayudar a los españoles en el control político e ideológico de los indios fronterizos.

Otras reducciones de tepecanos, así como de los remanentes de los zacatecos y cazcanes, se llevaron a cabo en Santiago Tlatelolco, en Santa María de los Ángeles, y en Huejúcar, al norte de Colotlán, en Tlacasahua hacia el sur, y en Totatiche, Temastián, Ascapulco y Azqueltán al suroeste. Estas ocho comunidades, junto con Colotlán, formaron el núcleo del Gobierno de la Frontera de San Luis de Colotlán, y en total cerca de 25 pueblos indígenas, esparcidos entre Chalchihuites en el norte y Chimaltitán en el sur, fueron incorporados dentro de la provincia.

Colectivamente, los indios de estos pueblos se conocieron como los “colotlecos", pero hay que señalar que este término no implicaba ninguna uniformidad étnica. Los informes españoles del último cuarto del siglo XVIII distinguían tres etnias principales: huichol/cora en los pueblos del extremo oeste (San Andrés, San Sebastián, Santa Catarina, y Huejuquilla el Alto); tepehuan/tepecano en las comunidades centrales de Totatiche, Temastián, Ascapulco y Azqueltán; y finalmente los mexicaneros, descendientes de los colonos tlaxcaltecas (y/o cazcanes), asentados en los pueblos restantes.

Como ya se ha dicho, uno de los objetivos básicos del Gobierno de Colotlán era la defensa de la frontera contra las incursiones de los nayaritas y chichimecas. Para cumplir con ello se organizaba la población masculina de cada pueblo colotleco (y en el caso de Colotlán, los hombres de cada uno de los tres barrios indígenas del pueblo) en una milicia. Como consecuencia de su estatus de milicianos, los colotlecos fueron gobernados por las autoridades militares, quienes desempeñaban sus funciones independientemente de los oficiales civiles regionales. La máxima autoridad en Colotlán era el Capitán General y Protector, nombrado para el puesto por el mismo Virrey. Ayudado por varios tenientes, el Capitán General poseía, en teoría, un poder casi absoluto sobre los colotlecos, no sólo en cuestiones militares sino también en materia política, administrativa y judicial. Los únicos oficiales que tenían la competencia jurídica de intervenir en los asuntos internos de Colotlán, y de supeditar las decisiones del Capitán General, eran las autoridades virreinales; incluso la Audiencia de Guadalajara carecía de facultades para entrometerse en los litigios de Colotlán. Hay que notar, sin embargo, que la jurisdicción de los oficiales de Colotlán se extendía sólo a los veintitantos pueblos y comunidades indígenas, y no incluía a la población no indígena, o sea los vecinos, hacendados, arrendatarios o peones que radicaban en los ranchos, estancias, y diversos puestos que empezaron a aparecer en medio de las tierras de los pueblos indígenas.

Es decir, el Gobierno de Colotlán era una institución étnicamente exclusiva, y la amplia autoridad poseída por los oficiales militares se aplicaba solamente a los residentes de los pueblos colotlecos. Los españoles, criollos, mestizos, negros y mulatos que vivían en los ranchos y estancias fuera de estas comunidades, estaban sujetos, en lo político y administrativo, a las autoridades civiles regionales, como el alcalde mayor de Tlaltenango.

A cambio de su apoyo militar al gobierno español, los colotlecos fueron liberados del pago de tributo y, además, contaban con un conjunto de privilegios, como el derecho de portar armas, montar a caballo y vestir como "hidalgos". Así es que los milicianos colotlecos, cuando menos los tlaxcaltecas y los otros indios que vivían en las comunidades más cercanas a Colotlán, formaban parte de lo que podemos llamar una "aristocracia indígena" bastante comprometida con, y entregada a la empresa colonial. Esta integración es, sin duda, uno de los factores que explican la transculturación de los indios colotlecos y que nos ayuda a entender cómo el núcleo de la zona colotleca, que originalmente era una región netamente indígena, se transformó rápidamente en dominio de los españoles, en donde la herencia indígena sólo llegó a sobrevivir en las orillas de la zona. Para considerar este punto pasmos ahora a una breve consideración de los cambios demográficos y étnicos ocurridos en Colotlán durante el siglo XVIII, basándonos en los libros de bautismos de las parroquias de Colotlán, Totatiche, Santa María de los Ángeles y Huejúcar. 

A principios del siglo XVIII, en el quinquenio de 1726 a 1730, se registraron aproximadamente 899 bautizos en estas cuatro jurisdicciones eclesiásticas. De éstos, el 86% correspondía a niños indígenas, el 9% a españoles, el 3% a mulatos, y apenas el 1.2% a los llamados mestizos. Obviamente en aquellos años Colotlán fue una región muy india y poco hispana, lo cual contrasta fuertemente con su condición cultural actual. Es claro, pues, que desde la fundación de Colotlán, a finales del siglo XVI, hasta el primer cuarto del siglo XVIII, los españoles y mestizos tuvieron un peso demográfico reducido en la región. ¿Cómo y cuándo, entonces, se convirtió Colotlán en la región tan ranchera e hispana que conocemos hoy día? Básicamente, el proceso comenzó en la segunda mitad del siglo XVIII y se debió a la combinación de una mayor tasa de mortalidad entre la población indígena con una inmigración de gente no indígena, atraída a la zona por el auge de las minas en Bolaños y/o por la disponibilidad de agostaderos y tierras cultivables. Resulta interesante constatar que la hispanización de la región no procedió de manera uniforme en las cuatro parroquias de las cuales tenemos datos, sino que avanzó más rápido en las feligresías de Colotlán, especialmente en Totatiche cercanas a las minas de Bolaños que contaban con mayores extensiones de tierras agroganaderas.

Por ejemplo, entre 1726 y 1820, la proporción de niños españoles bautizados en Colotlán aumentó desde el 15 hasta el 37%: un crecimiento importante. Pero en Totatiche el aumento fue aún más notable. En el mismo periodo, los españoles llegaron a aportar hasta el 54% de todos los bautizados. Rápidamente la población indígena se estaba convirtiendo en una minoría demográfica en ese lugar. En Colotlán, en vísperas de la Independencia, todavía más de la mitad de los bautizos registrados (el 56%) fueron de niños considerados indios. En las otras dos parroquias la población indígena era aún más numerosa en términos relativos: tanto en Huejúcar como en Santa María los indios aportaron entre el 65 y el 72% de todos los niños bautizados.

En general, las parroquias que crecieron más durante el siglo XVIII, tanto en términos absolutos como en la proporción de españoles, fueron Totatiche y Colotlán; es decir, las jurisdicciones más grandes y dotadas con las mayores extensiones de tierras cultivables. Desde luego, en una sociedad agrícola la relación entre tamaño de población y disponibilidad de tierras no es nada sorprendente, pero nos conviene poner en claro los factores operantes en la evolución demográfica de cada parroquia. En la feligresía de Santa María, por ejemplo, que fue la más pequeña de todas -abarcando 260 km- el aumento de la población a lo largo del siglo fue el más restringido y, el número de españoles que residieron ahí, el más reducido de cualquier parroquia. Demográficamente era la jurisdicción más atrasada y étnicamente la más conservadora. Huejúcar, dos veces el tamaño de Santa María y provisto de una mayor cantidad de tierras laborables, sustentó un aumento poblacional más vigoroso. Entre 1760 y 1770 excedía aun al de Colotlán. Sin embargo, a finales del siglo dejó de contender con este último, debido, suponemos, a la ocupación de las mejores tierras. Colotlán abarcaba aproximadamente la misma extensión que Huejúcar -alrededor de 500 Km- pero poseía una mayor proporción de tierras fértiles. Además, como centro de la sociedad europea, ocupaba un lugar clave en el comercio y en la jerarquía administrativa regional. Así pues, Colotlán dominó durante los primeros 25 años del siglo XVIII a las demás parroquias, tanto en el número de habitantes como en la cantidad de españoles. Sin embargo, a mediados del siglo empezó a ver minada su primacía por el crecimiento de Totatiche.

El dinamismo exhibido por Totatiche resulta particularmente interesante, ya que fue la primera parroquia separada de Colotlán, cosa que ocurrió en 1755. En parte, esta fragmentación de la antigua Colotlán fue el resultado de la explosión demográfica ocasionada en esos rumbos por la noticia de los nuevos hallazgos de plata en Bolaños, a mediados del siglo. Pero también hay que notar que la jurisdicción de Totatiche abarcaba más de 1600 Km, tres veces la extensión de Colotlán. Así es que bajo el influjo del imán de la economía minera. y junto con la disponibilidad de importantes cantidades de tierras agrícolas, el centro de gravedad demográfico de la zona de Colotlán se trasladó hacia el suroeste. Aunque Colotlán nunca perdió su primacía dentro de la región como centro administrativo y comercial, el giro hacia la zona de Totatiche y la barranca del río Bolaños, a partir de 1750, puso en marcha un leve proceso de reorientación demográfica y económica que, en cierto grado, ha continuado hasta nuestros días.

El único municipio establecido durante el siglo XX en toda la zona Norte de Jalisco fue el de Villa Guerrero, creado en 1921 y conformado por lo que era la parte occidental de Totatiche. La creación de este municipio respondió, en cierta medida, a las fuerzas económicas y a los intereses políticos generados por un paulatino aumento poblacional en esta área, cuyo origen data de la segunda mitad del siglo XVIII.

Para los indios de Totatiche -tepecanos en su mayoría- la llegada de los colonos españoles -criollos en este periodo- puso fin a su relativo aislamiento y rompió el equilibrio que se había establecido entre indios y españoles después de la Guerra Chichimeca, unos 150 años antes. En comparación con los indios de Huejúcar y Colotlán, los de Totatiche fueron considerados más "puros” y más reacios a los españoles. Varios informes, compilados en 1783, hacen patentes las diferencias culturales que existían entre los indios del norte del distrito y los del sur o del oeste debido a su contacto diferencial con la sociedad hispana. Por esta fecha los indios en, y alrededor de Colotlán, ya muy influenciados por su cercanía con el sector blanco y por el hecho de que muchos laboraban en las haciendas y empresas españolas, fueron descritos como muy "ladinos y castellanizados" mientras que los de la parroquia de Totatiche recibían etiquetas de "poco cultos”, "indómitos" y de lengua mexicana o tepehuana. Sin embargo, mientras que perduró el régimen colonial, las dos poblaciones seguían siendo reconocidas como "indias” puesto que los criterios para definirlas como tales fueron de índole político-legal, y no cultural. Es decir, los indios de la provincia del Gobierno de Colotlán se consideraban así porque residían dentro de las comunidades designadas como pueblos indígenas, y no porque fueran portadores de ciertos patrones culturales. "indio colotleco" era un status jurídico con un contenido social independiente de su expresión cultural.

Además, es evidente que los colotlecos, a diferencia de muchos grupos indígenas de otras regiones de la Nueva España, realmente luchaban por preservar su identidad como "indios", aun cuando había mermado mucho la cultura autóctona. Esto es comprensible cuando recordamos los varios privilegios de que gozaban los colotlecos. Para ellos, pues, su identidad político-social no fue un elemento pasivo, expresado por la posesión de ciertos patrones culturales, sino una herramienta de defensa y de lucha colectiva empicada para minimizar su explotación en manos de la sociedad blanca y para maximizar su autonomía y su control sobre recursos estratégicos, especialmente la tierra.

Aunque todavía existe mucho trabajo por hacer respecto a la historia y la extensión de las comunidades colotlecas, los datos dispersos que se han recopilado hasta la fecha sugieren que los colotlecos pudieron preservar, cuando menos, las partes centrales de aquellas tierras cedidas a ellos por la Corona española, y parecen haber logrado impedir, hasta cierto grado, que sus pueblos se convirtiesen en residencias de españoles. La información contenida en los libros de bautismos sobre el lugar de residencia de los padres de los bautizados, por ejemplo, nos habla de una fuerte tendencia hacia la segregación residencial de indios y no indios. De hecho, lo sobresaliente de la expansión española después de los años cincuenta es que no estaba asociada con una rápida invasión de los asentamientos colotlecos. Aun tan tarde como en 1810, en la parroquia de Totatiche, se registraron únicamente 20 niños no indios nacidos dentro del pueblo mismo de Totatiche; o sea, sólo el 22% de todos los registrados. La mayor parte del crecimiento español, entonces, tuvo lugar no en los pueblos colotlecos, sino en los puestos rurales -en los ranchos- que iban fundándose y poblándose en los intersticios de las tierras de las comunidades colotlecas. A lo largo del siglo XVIII el número de estos ranchos aumentó en forma continua, y muchos, organizados alrededor de una o dos familias extensas, llegaron a poseer poblaciones sustanciales a principios del siglo XIX.

Vemos, pues, que mientras existían las vallas protectoras del estado colonial los colotlecos contaban con instrumentos legales para resguardar sus tierras y para preservar su identidad social. Por lo tanto, los colonos, frente a las barreras jurídicas que amparaban a los indios en su espacio geoeconómico, hallándose en una región donde había cantidades importantes de tierras laborables por aprovechar, optaron por seguir el camino de menos resistencia: fincar sus casas y establecer sus labores en las localidades que se encontraban más allá de los pueblos colotlecos. 

Pero una vez que el estado colonial se vino abajo, tanto las restricciones contra la corresidencia de españoles e indios, como las prohibiciones contra la enajenación de tierras comunales a la gente no indígena, desaparecieron. Además, dejaron de existir los privilegios y el peculiar estatus jurídico administrativo que los colotlecos habían poseído. Por ende, al terminar la Colonia, ese grupo, ya bastante hispanizado en la esfera cultural y ahora desamparado por la pérdida de su indianidad ante la expansión del liberalismo, vio sus tierras pasar a las manos de la sociedad ranchera, y entró en un periodo de descomposición en una entidad social distintiva.

Este proceso avanzó con mayor rapidez en las comarcas cercanas a Colotlán, pero aun los tepecanos del sur y oeste sufrieron una merma tremenda en tierras y extensión geográfica. Cuando Carl Lumholtz viajó por esta región, a finales del siglo XIX, las únicas comunidades de las cuatro parroquias que todavía preservaban rasgos de su herencia indígena fueron las que se encontraban más distantes de Colotlán, como San Lorenzo de Azqueltán, enclavada en la barranca del río Bolaños en el extremo occidental de la provincia. Con el desmantelamiento del “antiguo régimen” todos los demás pueblos colotlecos -Colotlán, Santa María, Huejúcar y Totatiche- eventualmente se convirtieron en asentamientos hispanos, y en poco tiempo se borró la tradición indígena colotleca. De hecho, tanto se perdió en la cabecera de Colotlán que, durante el tiempo que estuve en el pueblo recopilando datos del archivo parroquial, no pude localizar ningún residente que pudiera identificar la ubicación del antiguo barrio indígena de Tlaxcala, fundado por aquellas familias que llegaron aquí hace justo 400 años. Sólo después, averigüé por documentos que había estado situado en el mismo centro del pueblo.


Robert D. Shadow

Universidad de las Américas-Puebla

El Reloj del Templo de San Luis de Colotlán

Por: José Alonso Serrano Campos

El templo de San Luis Obispo en Colotlán, Jalisco cuenta con un reloj monumental, del cual contaremos algo de su historia en todo su contexto:

La iglesia neoclásica de tres cuerpos en su fachada; el primero con acceso flanqueado por pares de columnas jónicas sosteniendo entablamento con medallones. En el segundo cuerpo se observa ventana coral flanqueada por pares de columnas jónicas y el tercer cuerpo luce un nicho con escultura de San Luis, con característico interior de tener el Ciprés o altar despegado de la pared al fondo de la misma. La torre, característica de la población, se encuentra inconclusa, la gente de antes conocía al pueblo como “torres mochas” peyorativamente, en el interior se aprecia una pintura mural al óleo en el presbiterio. Por fuera se ubica el reloj al lado izquierdo, en la parte superior de su fachada, la parte del campanario se construyó años posteriormente del resto de la iglesia.

El edificio en su conjunto fue proyectado para ser la joya más brillante de la región norte de Jalisco y sur de Zacatecas. El 11 de febrero de 1774, don Joseph Santiago Belís, gobernador del Barrio de Tlaxcala, el cura Miguel Antonio Gómez y el maestro de arquitectura Raphael de Hernán, dirigieron una rogativa al Obispo Venerable Fray Antonio Alcalde y Barragán en la que le informaban del mal estado en que se encontraba la iglesia parroquial:

“Por estar desplomándose y amenazando ruina por su mucha antigüedad, y débil construcción. Por lo que, y tener paraje contiguo de más extensión y comodidad en que fabricar nueva iglesia parroquial ocurro a la característica y devota conmiseración de v. Exa. suplicándole se digne conferirnos la superior licencia para la dicha fábrica la que a expensas de nuestro sudor y trabajo concurriremos gastos hasta su total perfección todos los hijos de los pueblos sujetos a este curato.” Archivo del arzobispado de Guadalajara. Colotlán, carpeta 2,f.4.

Existe registro de iglesia anterior por la calle Morelos, casi frente a la calle Obregón, donde actualmente es una funeraria.

La licencia fue concedida por el virrey Antonio María de Bucareli y ratificado por el obispo Alcalde el 7 de junio de 1774; la iglesia se comenzó a construir y siguió un ritmo normal durante los siguientes 10 años, extrayendo cantera del cerro ubicado al lado norte de la población, de forma artesanal fueron conducidos los bloques hasta su destino final, de esta iglesia se llegó a levantar la portada principal de estilo barroco a imitación de la de Zacatecas, la penuria económica de la región y la falta de iniciativas prolongó la suspensión de la iglesia por años. En 1790 don Félix Calleja informó lo siguiente:

“En Colotlán, la iglesia es muy regular y muy bueno su ornamento, cada uno de los dos arrabales tiene su iglesia particular, decente y en buen estado. Hay empezada y bastante adelantada una muy grande y demasiado costosa, fabricada de piedra que hace cinco años que se suspendió su obra por falta de dinero, si se concluye podría aprovecharse la antigua en hacerse de ella granero público y escuela de primeras letras, que ni uno ni otro hay en el pueblo”.

En 1820 el cura Ignacio Suárez reporta que los pocos recursos de la parroquia los emplea en la construcción de la Nueva Iglesia.

En 1839 el párroco José Tadeo Suárez informó al obispo de Guadalajara que con los mil pesos existentes en la parroquia se proponía continuar con la iglesia de piedra comenzada hacía muchos años, para lo cual la gente se había comprometido a ayudar, unos con trabajo personal, otros con dinero y otros con materiales. El impulso definitivo para su culminación lo dio en 1849 el padre Basilio Terán recién llegado a Colotlán como vicario cooperador del notable cura don Andrés López de Nava; el dinámico padre Terán se dedicó a hacer mejoras materiales en el pueblo y a acelerar la construcción del templo, el cual estuvo concluido en 1862. El nuevo alarife don José María Martínez, consideró que la fachada de estilo barroco a medio construir debería de ser sustituida por algo sobrio y moderno, y tomó el esquema neoclásico difundido en México desde la fundación de la Academia de San Carlos. 

El diseño interior y exterior del templo son de estilo clásico, las entradas laterales son sencillos pórticos formados con pilastras de capitel compuesto, que terminan con un entablamento de orden corintio. En el interior destaca el ciprés de forma cuadrada con dos cuerpos, la decoración pictórica y el mural con el tema “La expulsión del paraíso terrenal” realizado por Gerardo Martínez en 1942; la cancelería interior que protege las entradas está hecha de madera tallada que recuerda la filigrana de la plata y la cantera tallada. La empresa del padre Terán no era perfecta, el frontispicio presenta problemas de simetría y el campanario esta inconcluso; es, sin embargo, un testimonio material de las aspiraciones estéticas de una comunidad y de la información que los alarifes tenían en ese tiempo.


Hablemos del reloj monumental

Los primeros relojes que se inventaron fueron en Europa, eran mecánicos, la popularidad de este instrumento se esparció muy rápido antes de que terminara el siglo XIV, por lo que gran parte de las ciudades ya contaba con relojes monumentales en las torres de las catedrales. En México antes de la llegada de los españoles ya se contaba con un reloj para medir el tiempo, este era solar. Después de la conquista en el año de 1530 la Audiencia solicitó a España un reloj, el cual fue un regalo de Carlos V a Cortés, siendo ubicado en el templo franciscano de Cuernavaca.

Todo reloj cuenta con una maquinaria que consta de pesas y péndulo, la maquinaria consiste en tres cilindros, uno de ellos da la energía de la maquinaria y los dos restantes otorgan la fuerza necesarios para las campanas, uno se encarga de las horas y otros de los cuartos. El cilindro de la maquinaria es el órgano central, regula la caída de la pesa por medio de un péndulo precisamente calibrado para completar su movimiento en dos segundos, la pesa que hace funcionar el péndulo debe ajustarse con la altura para mantener constante el ritmo. 

Al hacer frío se debe bajar milimétricamente la pesa para acelerar el movimiento y viceversa en verano. En la parte superior del péndulo se encuentra la ancora que consta de una media luna con dientes opuestos a la dirección del movimiento del péndulo, cumple la función de regular el descenso de la pesa de la maquinaria rengando así la energía rotatoria que se transmite de engrane en engrane para dar movimiento a las manecillas.

El reloj, además de medir el tiempo, toca campanas en los cuartos (cada 15 minutos) y da las horas en dos ocasiones cada vez. Al reloj se le debe de dar mantenimiento dos veces por semanas y dar cuerda. La pesa que da la hora tarda en bajar 4 días mientras que la de la maquinaria y los cuartos tardan una semana.

Sobre el origen de la máquina se sabía realmente poco, fue por eso que este servidor se dio a la tarea de indagar, en cuanto al fabricante de igual manera y aquí lo expongo, se trata de una creación extranjera, concretamente francés, cabe destacar que la primera relojería de América Latina data de 1909, el reloj de Colotlán se considera que ya estaba en función en otro sitio, antes de ocupar el sitio que actualmente tiene, cosa poco probable por lo que a continuación se narrará.

La fecha tentativa para su instalación fue cercana al año de 1905, en ese mismo año el Sr. cura Francisco Javier Reveles mandó techar la bóveda con ladrillo donde se encontraba el reloj. El curato de Colotlán estuvo a cargo del Señor Cura Francisco Javier Reveles desde septiembre de 1902 hasta julio de 1906. La placa encontrada en el techo, además de su nombre contiene la fecha: mayo 9 de 1905. El Sr. Cura Francisco J. Reveles, tuvo mucha influencia en la región durante el primer cuarto del siglo XX. En Jerez, Zacatecas cuentan que tenía “el don de la ubicuidad”, ya que podía estar en el Templo Parroquial o en el Santuario sin que nadie lo viera entrar o salir, y muchos aseguraban que era porque utilizaba túneles para trasladarse sin problemas. En el oratorio de la casona ubicada a un costado de aquel templo en Jerez, el Sr. Cura Reveles muchas veces llegó a hacer oficios religiosos en los años álgidos de la revolución y la guerra cristera, al tiempo, el Pbro. Reveles se fue a vivir a la ciudad de México.


Se rumora que el reloj de la iglesia de Colotlán fue donado por un hacendado del cual no se conoce absolutamente nada; de ser así, la antigüedad de la máquina puede ser mayor a 100 años. Debido a su antigüedad requiere una serie de cuidados especiales y minuciosos.

El cuarto donde se encuentra instalado el reloj tiene 117 años, es atendido desde 1950 básicamente por tres personas, el más antiguo que se recuerda fue Pablo Iturriaga, hijo de un relojero que tenía su taller por la calle Independencia, casi esquina con Marcos Escobedo, lo atendió por unos 35 años.

El anterior encargado del reloj fue el señor Miguel Herrera Herrera, lo mantuvo por 33 años, prestó este servicio de manera voluntaria permitiendo que su estado fuera óptimo hasta hoy en día. Le siguió en la encomienda su hijo José Herrera Gutiérrez, gracias a esta labor, se le dio un incentivo económico por parte del ayuntamiento en beneficio de la gran obra de caridad que hizo. El hijo de don Miguel quedó como encargado del trabajo después de que su padre ya no pudo realizarlo por alla en el año 2009. Don Miguel y su hijo no recibieron ningún tipo de capacitación para darle el mantenimiento y reparación necesaria al reloj pero con el tiempo han adquirido los conocimientos necesarios. Las actividades a realizar por el encargado del reloj son varias tales como: ajustes milimétricos, inversión de su bolsillo tanto para partes nuevas como para lubricantes, entre otros; en sí, es un trabajo que requiere de mucha dedicación, cada administración municipal apoya con lo que les sea posible.

El ingeniero Pedro Martínez Serafín, de la más importante empresa de relojes monumentales “Olvera”, ubicada en Zacatlán, Puebla, México, comentó para este caso algunas cuestiones con toda humildad y respeto:

- En efecto, somos una empresa con más de 100 años de experiencia en relojería, esto nos hace especialistas en fabricación y restauración de este tipo de maquinarias, hemos restaurado infinidad de máquinas iguales a la que tienen en su iglesia y muchas otras de cualquier nacionalidad y época (siendo el que ustedes tienen, de los extranjeros más comunes), dicho esto le comento:

La maquinaria que ustedes tienen en Colotlán es modelo LYON 02, de procedencia Francesa. La casa constructora fue Hauser Zivy y Cia. La casa distribuidora en México era LA ESMERALDA.

Esa maquinaria data de los primeros años de 1900, la fecha exacta de fabricación normalmente viene grabada en una de las palancas, pero hasta que se desarma es posible encontrarla.  

La casa constructora fabricaba diversos modelos, mismos que se diferenciaban por algunas funciones y el tamaño de la maquinaria, el que tienen en Colotlán se puede decir que es un modelo intermedio y es de los más comunes en México.

Cuenta con un sistema de funcionamiento ESTANDAR o MANUAL, mismo que a la actualidad ya no se usa (más que los que aún existen con ese sistema de origen) ya que se ha vuelto peligroso, tedioso por la constante atención que requiere y dañino para el edificio y la propia maquinaria. Hoy cuentan con un novedoso SISTEMA AUTOMATICO, mismo que evita deban estar subiendo constantemente a darle cuerda.

En el video que viene en la publicación, la persona que se encarga menciona algunas cosas un tanto erróneas, y precisamente por ese desconocimiento, es que al pasar de los años dejan que las maquinarias se vayan dañando demasiado (aunque estén funcionando) sin darse cuenta, provocando con ello la improvisación y o reposición de piezas y con ello le van quitando la originalidad. Tal es el caso de este reloj, ya se puede apreciar que tiene piezas NO ORIGINALES. NO TODOS LOS RELOJES DE PENDULO TIENEN LA REPETICION DE CAMPANADAS. NO SOLO SE DEBE ESTAR LUBRICANDO, OJO: con eso (a diferencia de lo que se cree) solo están provocando un mayor daño.

Usted menciona que al parecer pertenecía a una Hacienda… como dato interesante le comento que estas maquinarias comenzaron a distribuirse en México y fue en gran cantidad en la época de Porfirio Díaz ya que él era muy amante de lo francés. ---Quizás si existe alguna relación de dicha hacienda con don Porfirio, puedan saber más acerca del reloj---

También quiero aclarar que el dato mencionado en el video sobre el costo de restauración de ese reloj ES COMPLETAMENTE ERRONEO. Ustedes cuentan con una joya de mucho VALOR HISTORICO, nosotros como empresa (lo puedo asegurar con orgullo), somos los únicos que apreciamos ese valor y nos ocupamos de conservarlo, nuestro proceso no es solo una restauración, si no un RESCATE, RESTAURACIÓN, CONSERVACIÓN Y PRESERVACION DE LA ORIGINALIDAD funcional y estética de este tipo de máquinas. Lo que siempre proponemos es DARLE OTROS 100 AÑOS DE VIDA CONSERVANDO LA ORIGINALIDAD, la finalidad de implementar el sistema automático es eliminar el riesgo para el edificio, las personas, minimizar el desgaste para la maquina y asegurar el funcionamiento aún más.

Imágenes de referencia, reloj del mismo modelo restaurado como original en Puebla que nos comparte el ingeniero Martínez Serafín.

Seguramente en las propias entrañas del reloj se encuentran los secretos de su origen, pero también en la publicidad de la Casa que lo fabricó, Hauser Zivy y Compañía, esa fábrica francesa se promocionaba en la prensa mexicana a fines del porfiriato. Como se puede observar en el siguiente inserto que se publicó en el diario “El País” el 29 de febrero de 1908 y en donde se señalaba la ubicación de más de un centenar de sus máquinas instaladas por todo el país, el reloj de Colotlán figuraba entre ellas de la lista de relojes en Jalisco, también aparece el reloj de Totatiche pero en el listado de Zacatecas.

La firma Hauser Zivy y Compañía es mejor conocida como la Joyería La Esmeralda, cuyo edificio sede en la esquina de Madero e Isabel la Católica en la Ciudad de México existe todavía. Fue fundada en 1864 por las familias Hauser y Zivy, judíos alsacianos que emigraron a México, pero desde 1905 quedó en manos de sus parientes, la framilia Bloch.

Como se advierte en la publicidad, el reloj de Colotlán resulta ser hermano de otros muy significativos. Por ejemplo, el ya desaparecido de Palacio Nacional, el que todavía existe en la antigua Basílica de Guadalupe, el del Museo de Geología, etcétera. Aunque con plena certeza el reloj colotlense debió ser uno de los modelos intermedios (una sola carátula, tres campanas), sin duda se trata de un aparato de buena calidad que para fortuna nuestra -y requiriendo reparaciones relativamente frecuentes- permanece aún y es uno de los símbolos del pueblo, tanto por su presencia como por su entrañable y sencillísimo repicar al señalar las horas y los cuartos de hora.

Este reloj aunque parezca sensillo tiene mucha ingeniería, nada electrónico aún, totalmente mecánico, que requiere de mucho cuidado y atención, todo un tesoro cultural del pueblo de Colotlán, la propuesta de hacer eléctrico su sistema de cuerda queda sobre la mesa.

Para conocer un poco más del mecanismo del reloj se puede consultar el siguiente link, de una excelente entrevista: https://youtu.be/H5OYkh45aPY

Los restauradores nos comparten otro video acerca de la conservación de los mismos: https://youtu.be/h9W9OM9IQrY

Fuentes:

Profesor José Herrera Gutiérrez, encargado del reloj.

Ingeniero Pedro Martínez Serafín, experto en relojes monumentales.

Datos y evidencias recabadas de internet.



Cerillos de la tienda de Pascual Rodríguez

 Por: José Alonso Serrano Campos Pascual Rodríguez Leaños nació el 9 de diciembre de 1875 en el rancho del Carrizal, municipio de Colotlán, ...