Les transcribo el acta que tuvo a bien redactar el presbítero José Pilar Quezada Valdés, sucesor de Cristobal Magallanes en Totatiche, cuando en 1933 exhumaron los restos de los mártires en Colotlán, para llevarlos a su destino final en la parroquia de Totatiche, ambos fueron asesinados en 1927, fue toda una odisea y lo que encontraron digno de contar:
ACTA DE EXHUMACIÓN de los restos de los siervos de Dios, Pbros. Don Cristóbal Magallanes y Don Agustín Caloca
En el panteón municipal de la ciudad de Colotlán, a las ocho horas del día veintitrés de agosto de mil novecientos treinta y tres, el que suscribe, cura párroco de Totatiche, habiendo recibido permiso de la Sagrada Mitra de Guadalajara, por rescripto del Excmo. Rvmo. Sr. Obispo Auxiliar y Vicario General Dr. D. José Garibi Rivera, con fecha veintiuno de julio próximo pasado, acompañado de los señores sacerdotes Julián Hernández C., vicario fijo de Temastián, J. Cruz Arellano, vicario cooperador de la parroquia de El Salitre de Guadalupe, procedió a la exhumación de los restos de los Sres. presbí¬teros Cristóbal Magallanes y Agustín Caloca, presentada que fue la orden del presidente municipal de Colotlán para el Sr. Salvador Ortega, encargado del panteón, a fin de permitir la excavación. Estuvieron, ade¬más, presentes los Sres. Gorgonio Magallanes, hermano del Sr. Cura Magallanes, y Miguel Valdés, vecinos de Totatiche, el Sr. J. Jesús Loera, sepulturero que fue por el año de mil novecientos veintisiete, y actualmente vecino en el rancho de El Zapote, don Celestino Miramontes, vecino de Acaponeta (estos dos últimos señores presenciaron y ayudaron a la sepultura de los Padres), los señores albañiles Felipe Martínez y Pedro Núñez, vecinos también de Totatiche, y otras muchas personas; algunas de las cuales decían haber tomado parte también en el sepelio de los dichos Padres.
Por las excavaciones hechas el día anterior, se comprobó lo que ya, desde el principio, había dicho el Sr. J. Jesús Loera, que las lápidas habían sido erróneamente colocadas en otros sepulcros; pero habiendo indicado el lugar preciso, se empezó por excavar en el sepulcro del Sr. Cura, y pronto se encontró su cadáver y se identificó perfectamente bien: a poca profundidad de la fosa, la caja chica que no se pudo cerrar por los zapatos; y sobre todo, plenamente convencía y no daba lugar a duda el calendario arquidiocesano, registrado en la página correspondiente a la fiesta de la Ascensión del Señor, en cuyas primeras vísperas murieron los Padres.
Juntamente con el directorio eclesiástico estaba un número de «El Rosario», periodiquito que editaba el mismo Sr. Cura. Cuando salió el cráneo, luego fue reconocido por todos los presentes: la mandíbula inferior con los dientes un poco entrados. El cráneo estaba perforado por el tiro de gracia, que penetró por la órbita del ojo izquierdo y salió por el occipital. Dentro se encontraron dos fragmentos del blindado de las balas explosivas. Nada de ropa interior, sólo se conservó lo que era de lana o seda, como el chaleco y el saco. Dos crucifijos y un rosario engarzado en seda. Tanto los huesos como la ropa que salió dentro del lodo fueron lavados y secados; se colocaron dentro de una caja de lámina, y ésta dentro de otra de cedro, llevadas para el objeto.
A las once y media, se dio por terminada la exhumación de los restos del Sr. Cura MagalIanes, y acto continuo se abrió el sepulcro del Padre Caloca. Como lo había indicado uno de los que presenciaron la sepultura, el Padre Caloca estaba colocado al revés de como es costumbre sepultar en esa mitad del cementerio, con la cabeza para el sur. Igualmente, primero aparecieron los zapatos, en posición forzada, por la estrechez de la caja. El cráneo casi deshecho por el tiro de gracia que entró por la parte posterior y salió por la cara. Esta fosa tenía agua, y nada se conservó de ropa fuera de un escapulario grande, con cuatro punturas con fragmentos como de las mismas balas explosivas. Bien conservados el cinto y los zapatos de cuero, los broches y elásticos de los tirantes y ligas de los calcetines; una imagencita de papel del Buen Pastor, conservada entre dos vidrios de un espejo de su bolsillo. Un crucifijo de metal muy oxidado y separado de la cruz. Ya entonces, el Padre Hernández, notó que había un pedazo de carne sin corromper, que parecía ser el corazón. Todo se colocó en una urna respectiva. El barro, donde se ponían huesos u objetos pequeños, se depositó en cajas distintas, lo mismo que la madera de las cajas. Los sepulcros se volvieron a llenar, dando por terminado el acto a las dos de la tarde, en los momentos que llegaba un fuerte aguacero.
Del cementerio fueron conducidas las cajas a la casa de don Celestino Miramontes, allá mismo en Acaponeta, vigiladas por los señores presbíteros Julián Hernández y J. Cruz Arellano; y entre tres y cuatro de la tarde, a bordo de un coche, gentilmente ofrecido por el Sr. D. Manuel Jara, hijo de la parroquia de Totatiche, fueron llevadas las urnas a Cartagena, a donde llegaron como a las seis de la tarde, debido al mal camino, por una tormenta que acababa de pasar. Sin pérdida de tiempo, por temor a que el río creciese de un momento a otro, dos de los vecinos de este rancho pasaron las urnas de los Padres, escoltados por otros muchos de los más expertos nadadores mientras que los señores sacerdotes y demás acompañantes éramos pasados en una balsa.
Con cohetes, repiques y procesionalmente con velas en la mano, casi todos los vecinos del rancho acompañaron las urnas a la capilla de San Antonio de Padua, adornada de luto. Después del rosario cantado, las señoras velaron hasta las diez de la noche, y, de esa hora en adelante, los señores, bajo la dirección de don Domingo Hernández y Cecilia Díaz, hicieron guardia toda la noche. Al día siguiente, veinticuatro de agosto, fecha en que estaban citados los fieles de la parroquia, para acompañar los restos de sus amados sacerdotes (llamados santos mártires) a la cabecera, después de la última misa, que fue a las ocho, previa una llamadita los sacerdotes tomamos las urnas, e iniciamos la marcha, sin esperar a que se acabase de reunir la gente por temor a la lluvia que amenazaba.
Pronto se hizo la procesión interminable, por gente que llegaba de Totatiche, o salía de los ranchos. La banda de música los saludó, al salir del rancho de Cartagena, y poco después llegaron el señor Cura de Bolaños, Pbro. J. Ángel Valdés, y los presbíteros J. Jesús Becerra y Luis Álvarez y los alumnos del Seminario y una inmensa muchedumbre, que difícilmente se movía, cubriendo un trayecto del camino como de cinco o más kilómetros.
Abría la marcha una columna de los de a caballo, de cinco en fondo; seguía la banda de música, luego las señoras rezando y cantando, y luego los señores, que pugnaban por llevar las urnas, aunque fuera por un brevísimo turno, los cohetes y las campanas, pausadas y solemnes, con dos horas de anticipación anunciaban que se acercaba la procesión. El Sr. presbítero Bonifacio Martínez, a cuyo cargo había quedado el adorno y compostura del templo parroquial, después de dejar todo preparado, salió a encontrarnos a la cumbre de La Boquilla, y ya para entrar al pueblo, los sacerdotes y algunos seminaristas nos adelantamos para revestirnos y esperar, a la puerta del templo, mientras que el Padre Hernández dirigía la marcha, entorpecida por la gente misma que había llenado las calles, la plaza y el templo.
Después del salmo, los sacerdotes tomaron las urnas y las llevaron, de la puerta de la iglesia, al catafalco, que con delicado gusto y sobriedad, se levantaba bajo la cúpula, enlutada, como las demás bóvedas del templo, con enormes pabellones de luto. Un sentimiento muy hondo y extraño embargaba todos los corazones, y, después de un grito espontáneo y unánime «Viva nuestro Señor Cura Magallanes» «¡Vivan nuestros Mártires!», siguió un momento de llanto sofocado y en extremo conmovedor. Después del responsorio, los sacerdotes se retiraron a la sacristía. Los seminaristas, con sotana, sin cota, hicieron guardia hasta las ocho de la noche, y, desde esa hora, el señor Alfredo Vázquez del Mercado organizó varios turnos entre las personas más connotadas del lugar hasta las diez y media de la noche. A esta hora, y presentes los señores presbíteros J. Jesús Alba, párroco de El Salitre de Guadalupe, J. Ángel Valdés, párroco de Bolaños, Julián Hernández Cueva, J. Jesús Becerra, Bonifacio Martínez, J. Cruz Arellano, Luis Álvarez, el que suscribe y los señores J. Cruz del Muro, Ramón Pérez y Cristóbal Magallanes, se procedió a soldar las urnas. Para esto, se pasó la del Señor Cura Magallanes al curato, se sacó de la urna la ropa y demás objetos que se encontraron con el cadáver, y dejando sólo los huesos, se soldó y se llevó a su lugar, para traer la del Padre Caloca, que igualente se revisó y soldó.
Volvió a llamar la atención lo que, a juicio de tantos, parecía un pedazo de carne sin corromperse, que, por su tamaño, por lo musculoso, por lo hueco, bien pudiera ser el corazón. No se le dio importancia al principio, y se supo en qué parte, dentro de los restos del Padre Caloca, se había encontrado. Se echó en un vaso que se colocó dentro de la urna, que se llevó de nuevo al catafalco, y se dio por terminado este reconocimiento.
Toda la noche, permaneció la iglesia llena de fieles cantando y rezando. A las cuatro de la mañana, empezaron las misas, y, después de la última, que fue. solemne, a las nueve treinta -en la cual oficiaron el que suscribe, y los señores párrocos de Villa Guerrero y Bolaños, y predicó el señor presbítero don Bonifacio Martínez, con la asistencia de los demás sacerdotes antes enumerados, y el señor cura de Atolinga -que había llegado un poco antes-, el señor presbítero don Pedro R. Cortés, observando lo prescrito por el Ritual Romano, las urnas fueron llevadas en hombros de sacerdotes, y colocadas en sus gavetas, que habían sido preparadas en el presbiterio, al pie de las columnas delanteras, quedando el Sr. Cura al lado del Evangelio, y el Padre Caloca, al lado de la Epístola. Con esto se dio por terminado el acto, como a las once y media del día.
Por el especial cuidado que se tomó en que nada se extraviase o se mezclase, puede decirse que me consta que en su urna respectiva están sólo y todos los restos y huesos del Sr. Cura Magallanes y del Padre Caloca, excepto lo que pudiera encontrarse en los cajones que contienen la tierra que se sacó de los sepulcros, y que no se revisan todavía. Ciertamente estuvieron dos días sin soldarse las cajas interiores, pero las exteriores de madera se atornillaron y no estuvieron ni un solo momento solas. Día y noche, dos o más personas -sacerdotes o de toda confianza- singularmente encargadas, cuidaron que nadie intentase abrirlas.
Totatiche, 25 de Agosto de 1933.
El Párroco
Pbro. J. Pilar Quezada. (Rúbrica)
Libro de Gobierno núm. 6, folios 98 y ss..
NOTICIA DE LA TRASLACION de los Restos del Sr. Cura D. Cristóbal Magallanes y del Sr. Pbro. Agustín Caloca.
El día 24 de Agosto de 1933 llegaron a este lugar (Totatiche), los restos de los Presbíteros D. Cristóbal Magallanes y D. Agustín Caloca, quienes fueron fusilados en Colotlán, el 25 de mayo de 1927.
En la exhumación se encontró
Del Sr. Cura Magallanes:
• Caja negra destruida.
• Cráneo conservado, con algo de pelo.
• Dentro del cráneo dos fragmentos de bala.
• Ropa de lana o seda bien conservada.
• El Directorio Eclesiástico del año 1927, registrado en la fecha de la Ascensión con una imagen de la Sma. Virgen.
• Un ejemplar del periodiquito «EI Rosario» y otra hoja de periódico.
• Los zapatos; tacones de hule sin uso y suela bien conservada.
• Un fajo de piel.
• Dos crucifijos, una medalla, un rosario engarzado en hilo y el broche de la leontina del reloj.
Del Padre Caloca:
• Caja casi deshecha.
• Cráneo muy roto por el tiro “de gracia”.
• Un escapulario grande de cuatro fracturas y pedacitos de metal.
• Zapatos.
• Fajo de piel.
• Broches y hule de las ataduras y de los tirantes.
• Pelo, botones, ropa casi nada.
• Un crucifijo.
• Un espejo con la imagen de El Buen Pastor.
• Un pedazo de carne sin corromper: parece el corazón.

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