En una antología de textos de Luis Sandoval Godoy se encuentra esta entrevista a una colotlense sobre los hechos lamentables que dieron muerte a los mártires Magallanes y Caloca, recientemente la familia Iturriaga nos compartió un poster del congreso que hubo en 1940 y que aquí se narra a continuación.
Un apéndice doloroso con el testimonio de una señora de
Colotlán que asistió en Totatiche a los actos de 1977, en conmemoración del cincuenta
aniversario del sacrificio de nuestros santos mártires. Sus recuerdos contienen
los sentimientos, el estupor, la indignación y el luto que ensombreció al
vecindario de aquel lugar donde fueron ejecutados los padres santos y cuyo
suelo se humedeció y se tiñó de rojo.
La señora vestía de riguroso luto portando mantilla de
encaje negro. Dijo que esperaba el camión para regresar a Colotlán, serían las
cuatro de la tarde. No hubo el cuidado de registrar su nombre, ni de precisar
su lugar de origen. La conversación surgió de manera informal, sin imaginar que
su charla traería una relación de sumo interés acerca de la actitud de
Colotlán, cincuenta años atrás a la fecha de la entrevista (en 1977, narra los hechos
de 1927).
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| Cristobal Magallanes |
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| Agustín Caloca |
Error mayúsculo del entrevistador el no haber tomado nota del nombre de esta persona; o tal vez trató de obtenerlo y por algún motivo no se grabó o descuidadamente borró la cinta en la parte en que se tomaron los datos de identificación de la señora. Los hechos aquí consignados, en su elocuencia, en su emotividad, disculpan la omisión…
(La grabación se hizo de modo informal en la plaza de
Totatiche y se pasaron por alto algunos datos de interés histórico)
» … Entonces supimos que los habían
aprehendido a un lado de Temastián y que ya los habían traído a este lugar.
Supimos eso y hubo una alarma en Colotlán, una cosa tremenda del apuro y del
pesar que manifestaba toda la gente. En la noche los llevaron al cuartel que
estaba por la calle Guerrero, en la manzana cuarta; ya no es ahora cuartel, es
una casa particular; entonces era cuartel, el gobierno hizo cuartel allí, según
creo, por eso de la persecución.
Los llevaron a ese lugar tardecito ya, casi en la noche,
pero de todos modos mucha gente se dio cuenta y en la noche nos comunicamos
unos a otros aquella noticia.
En la mañana las señoras empezaron a decir, a mover a
toda la gente a que fuéramos a rezar la Novena del Padre Eterno, pues corría el
rumor de que se los iban a llevar a Zacatecas y como que queríamos mover toda
la corte del cielo para evitarlo.
Nos estábamos juntando a rezar la Novena del Padre
Eterno, a las doce de aquel miércoles 25 de mayo.
Yo vivía entonces por la calle Cuauhtémoc, y cuando iba a
pasar la calle Guerrero, vi que los sacaron. Me detuve en la esquina a ver y
los vi salir, vi salir a la escolta, así de la puerta, una puerta grande.
Salió la escolta; ellos iban en medio. Llevaban unos
morralitos aquí del hombro, seguro sus libros y una cobija atravesada. Vestían
con pantalón de mezclilla y camisa ordinaria, más bien humilde. Iban
disfrazados, según pensé, así andaban cuando los aprehendieron. Ah, y sin
sombrero; ninguno de los dos llevaba sombrero.
A ellos, según eso, les dijeron que iban a Zacatecas. El
oficial pasó a la banqueta y luego ya se fueron así, porque a la mitad de la
manzana estaba la casa; al llegar a la esquina quisieron dar vuelta para arriba
y entonces el oficial les hizo un ademán y echó un grito con rabia. Les dijo:
sobre su derecha, y entonces siguieron por Morelos, siempre por media
calle.
Nomás vi que dieron vuelta y corrí a la parroquia; pos si
yo para allá iba, nomás que lo que me tocaba ver por casualidad… Ya estaba la
parroquia llena de gente y empezó a llegar más, todas con la misma noticia: ya
los metieron al cuartel, los van a fusilar a la segura. Y se oía el lloradero
de la gente.
Estábamos adentrito del cancel de la puerta mayor, de
rodillas, ya para comenzar la Novena al Padre Eterno. Sí, a las doce del día se
rezaba esta novena; un señor cura nos había dicho que no es necesario que se
rece a las doce del día, que se puede rezar a cualquier hora, pero nosotros
teníamos esa costumbre, esa devoción digamos, igual que se tiene la Misa de la
Divina Providencia todos los días primeros de mes, a las doce del día.
Pero sucedió que no pudimos rezar. Quién iba a rezar en
aquellos momentos. Mire, cuando las descargas retumbaron en el templo, nos
retumbaron en la vida; se oían como si hubieran echado unos barrenos por debajo
de la tierra, y como el piso era de madera, se oyeron aquellos barrenazos y nos
estremecimos todos; haga de cuenta que toda la parroquia se cimbró con aquella
cosa tan fea que se oyó.
Luego empezaron a llegar otras gentes: ya los fusilaron,
ya los fusilaron y todos a llore y llore en una lloradera que… Pos qué
hacemos.
Unas dijeron: vamos rezando un Viacrucis. Pos lo rezamos,
pero con qué calma, oiga; cómo se puede rezar, cuando el corazón está a tiemble
y tiemble y las lágrimas en chorro aunque uno trate de atajarlas.
Al poco rato empezó a salir la gente y a llevar
algodones. Ah, porque cuando salimos de la parroquia, ya los tenían tirados en
el zaguán del cuartel, ahí en el vil suelo, y empezó la gente a recoger sangre
con algodones. Muy sangrados los cuerpos, viera; la cara no. Otras personas con
tijeras les cortaban pelo, pedacitos de ropa, en fin.
Pero no, pos cuándo iban a quedar tranquilos los
oficiales; ya empezó uno a echarnos maldiciones, y a corrernos para afuera a
sablazos y así despatriaron de allí a toda la gente.
Otro día, o ese mismo día, yo no sé decir, llevaron los
cuerpos al panteón, pero los soldados prohibieron que nadie los acompañara, que
no hicieran escándalo, que nada de rezos o cantos, y con el sable aquí, mire,
se pusieron a impedirle al pueblo que acompañara a los mártires a la
sepultura.
Pero la gente siempre. Dónde no. Empezaron a salir por
una esquina tres o cuatro personas; luego por otra esquina otras tres o cuatro,
y a la siguiente y a la otra, por todo el recorrido de los cuerpos se fueron
incorporando más personas, fue creciendo aquello y cuando llegaron al
camposanto, ya era una aglomeración de gente.
Los soldados se enojaron y empezaron a tirar sablazos por
todos lados queriendo devolver a la multitud; golpearon a mucha gente con
sable: Un señor de nombre Julián, ese todavía vive, se llama Julián, ese señor
quedó muy golpeado de lo que hicieron los soldados.
Ah, no, pero espérese, me adelanté en la plática: Me
faltó decirle que los fusilaron recargados en una pared, en un corralón que
tenía el cuartel; tenía un corral todo destruido, un corral donde metían
animales mostrencos o que dañan los sembrados, o andan sueltos en la
calle.
Al único que dejaron entrar a presenciar la ejecución, el
único que vio todo fue Cruz Fernández Huizar, un señor muy joven entonces que
vivía en Colotlán; pidió permiso de entrar y se lo dieron. Yo creo que eso que
se conoce que dijo el señor Cura y también las palabras del Padre Caloca, fue
porque este señor que le digo estaba presente y él dio el dato, nadie más podía
darlo.
A ese señor Julián que le nombré antes, el que recibió
los golpes, vive todavía; le dicen El Grande; seguro por grandote les gustó a
los soldados para ponerle la sabliza bárbara que le pusieron; y es que esos
señores eran unos salvajes, bestias completamente y andaban bravos, como
enchamucados. Parece que no se pusieron en paz hasta que vieron que los cuerpos
de los dos sacerdotes habían quedado bajo tierra.
Qué bueno que me dejó platicarle todo esto, porque sentí
el tonito con que me dijo que si acaso Colotlán había visto con indiferencia la
muerte de los sacerdotes; y no… qué esperanzas, hubo luto en Colotlán, hubo
duelo en las familias y no crea que disimulaban su tristeza, por miedo al
destacamento que estaba aquí; un pueblo católico como éste, no podía dejar de
sentir esas muertes.
Y todavía más, ora verá: el año de 1940 hubo aquí un
Congreso Eucarístico muy bonito, muchos actos, muchas celebraciones, misas
solemnes, sermones, todo lo que pertenece a un Congreso. Y al último día una
gran procesión con el Santísimo por las calles de Colotlán: esto fue en la
tarde, me parece que sería como a las siete o las ocho; iba la columna de todo
el pueblo, con velas en las manos y cantando y rezando; atrás iban los
sacerdotes que llevaban el Santísimo.
Yo iba adelante, formada en un grupo de señoritas, yo iba muy adelante y por eso no me di cuenta cómo estuvo aquello, el caso es que, al pasar por el cuartel, se detuvo la procesión con el Santísimo y ahí en el portón, hubo rezos, y recuerdos por el Señor Cura y por el Padre, y alabanzas al Santísimo y oraciones de desagravio por el crimen tan horrible que había tenido lugar dentro de esa puerta.
Yo muy adelante, como le digo, porque era un gentillazo,
nosotros nomás vimos, o nos dijeron que dejáramos de caminar un ratito, se paró
la columna mientras se hacían esas oraciones que digo que se recitaron, como
una demostración más de lo que sintió Colotlán, de lo que significó para
nuestro pueblo haber sido escenario de un crimen tan horrible…. “





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